Permitiendo que la creatividad surja

Ese momento en el que te enfrentas a la hoja en blanco. No se sobre qué escribir, pero ahora, después de un día intenso de trabajo y de darme una ducha caliente, al apoyar mi espalda sobre la almohada, rociar un poquito de agua florida en la habitación y encender mi lamparita de sal (¡ay!, el poder de los rituales, esto da para otra entrada), me apetece sacar, compartir  y drenar de alguna manera parte de estas aguas internas, a veces tan profundas e intensas en las que me gusta sumergirme 😉

Comienzo estas primeras líneas esperanzada y confiada. Confío en que a medida que mis dedos vayan deslizándose por el teclado, el corazón me haga ese “clic”, esa sutil pero certera sensación que aparece en mi cuerpo físico cuando “viene” el tema sobre el que quiero escribir. Y es que puedo pensar, buscar, analizar o intentar escudriñar de mil maneras qué temas pueden aportar más valor, sin embargo, cuando lo hago desde ahí, cuando lo intento pasar por el filtro de la mente y pretendo crear desde ese espacio racional, no encuentro nada, no hay nada.

Esas ganas de volcar parte de mi en estas líneas no es otra que la creatividad pidiendo paso. La fase premenstrual de mi ciclo es lo que tiene, mis ganas de expresarme y crear se disparan junto con la necesidad de “cueva”, velas, incienso y el tener a mano cuaderno y bolígrafo. Tras unas semanas en las que la he echado bastante de menos, agradezco de nuevo su efervescente presencia.

En mi opinión,  a esta hermosa y valiosísima capacidad innata de todo ser humano, no se le da el lugar y la importancia que merece, se le subestima ya desde la infancia inflando nuestro intelecto y atiborrándonos de conocimiento lógico-racional. Esto hace que muchos adultos creamos, (como ha sido mi caso durante buena parte de mi vida), que la creatividad es sólo cosa  de artistas.

En mi experiencia personal, estas creencias erróneas sobre el proceso creativo se gestaron y crecieron en mí siendo una niña. Pongo un ejemplo. En una de las pocas asignaturas escolares donde se suponía que podíamos conectar algo más con nuestra espontaneidad, solían reprendernos por salirnos de la línea al pintar, asignaban una calificación a nuestras creaciones, etiquetándolas como “bonitas” o “feas”, “bien” o “mal”, “bueno” o “malo” , imponiéndonos, además, los colores, materiales y técnicas con las que desarrollarlas. Asimismo, interiorizamos que la destreza y el resultado importaban más que el disfrute de experimentar, probar, mezclar,  mancharse y expresarnos de la forma que más nos apeteciera. Y aunque la creatividad  se puede manifestar de infinitas maneras y no necesariamente a través del dibujo o de la pintura, muchos crecemos teniendo esa relación malsana con nuestra parte creativa, dejando de hacer y de probar cosas por miedo al ridículo o a no ser lo que se espera, convenciéndonos y resignándonos a la idea de que simplemente no somos personas creativas.

Hace relativamente poco descubrí que vivir una vida creativa es posible, ¡y lo mejor de todo es que no necesitas “saber” pintar, dibujar, tocar un instrumento o cantar! Basta con ser y mostrarte de una forma más auténtica, con estar presentes, con probar cosas nuevas, tomar caminos nunca antes explorados, salir de tu zona de confort, sanar la relación con tu propia vulnerabilidad, ser más espontánex, escuchar y confiar en tu intuición, abrir los espacios necesarios para que esa energía salvaje fluya, disfrutar del camino y por supuesto, traer al mundo de la materia aquello que encienda tu pasión y aumenta tu energía vital,  hacer más de eso que te eleva y te hace sentir vivx.  Si aún no sabes qué es, ya tienes un punto de partida.

Por otra parte, si tú también tuviste experiencias similares a las que te he contado, te invito a conectar con tu niñx interior. Para ello desempolva los pinceles, los lápices y las pinturas. Utiliza arcilla, plastilina. Juega, pon música, baila, mánchate, diviértete y por favor, permítete salirte de las líneas que te de la gana.

Empezaba esta entrada sin saber qué querría contarte esta vez. Sin saber si acabaría siendo publicada o sería un borrador más. Sólo he escuchado, he sentido, he estado presente y he confiado.  Las palabras han comenzado a emerger y ahora, ante un documento de casi 700 palabras, me despido con una sensación de vacío liberador, un vacío que permite continuar honrando mi creatividad a través de esto que tanto me gusta y me expande.

Gracias por leerme 🙂

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