Perfeccionista en proceso de deconstrucción

No es la primera vez que hablo sobre perfeccionismo, en mis redes sociales ya lo he mencionado en alguna ocasión. Quizá porque lleve acompañándome durante toda mi vida, al menos desde que tengo capacidad para recordar. También puede deberse a que, a pesar de ser consciente de ello y del trabajo personal realizado, en mi día a día no dejo de identificar patrones y formas de actuar que primero exigen pasar por su rígido y castrante filtro.  Si el título ya ha movido algo en ti, te animo a que me acompañes durante las siguientes líneas, donde expondré más ampliamente mi experiencia como perfeccionista en proceso de deconstrucción. ¡Vamos allá!

 “Todavía no, no está lo bastante claro/bien/bonito/limpio/ordenado…”, “cuando tenga/no tenga _________ lo haré”, “todavía puedo esforzarme un poco más (y luego otro más, y luego otro, y otro…)”, “cuando realice esa formación/lea ese libro/tenga más experiencia…estaré preparada”, ”esa persona hace/tiene/es mejor que yo”, “No soy/estoy lo suficiente________”. ¿Te suenan? Seguro que sí.

Siendo sincera, hace un tiempo veía el perfeccionismo como una cualidad. Evocaba en mí  aptitud, productividad, resolución de problemas, profesionalidad… Por eso, cada día me esforzaba y me encorsetaba en sólidas estructuras mentales, creyendo que así encontraría la excelencia. Sin embargo, tantos años sosteniendo máscaras y una carga tan pesada, terminó por pasar factura. La ansiedad, la frustración y un sentimiento de tristeza crónica comenzaron a hacer mella en mi día a día. Y es que sí, amigxs, podemos ponerle todas la florituras que queramos, pero el perfeccionismo es miedo. Miedo atroz a no ser suficiente, a aceptar tu vulnerabilidad, al fracaso, a que no te quieran, a ser juzgadx, a que te falte, a que te quiten, a la escasez. El perfeccionismo te conduce hacia una espiral donde la comparación, la autoexigencia, el autosaboteo y al autojuicio constantes campan a sus anchas, imprimiendo en ti un sentimiento de culpa y vergüenza cuando tus expectativas sobre cómo deberían ser las cosas, no son cumplidas.

Con el tiempo, con grandes dosis de paciencia y prestando muchísima atención a mi diálogo interno y a mis emociones, he descubierto que esa incesante búsqueda de perfección me paraliza, merma mi capacidad creativa y mi espontaneidad. Créeme si te digo que he dejado de hacer cosas a lo largo de mi vida sin ni siquiera darme la oportunidad de intentarlo,  bien porque el resultado inmediato no iba a ser “perfecto” o  porque el miedo a que no saliera como yo quería (¿fracaso?;) era mayor que mis ganas.

Pongo un ejemplo. Cuando sospesé la posibilidad de crear este blog, una vocecilla interna no paraba de martillearme la cabeza con comentarios del tipo: “ya hay muchos blogs y personas hablando de lo mismo, ¿a quién le va a interesar? – ¿y si no me lee nadie? – ¡qué vergüenza!, ¿qué van a pensar mis conocidos?… y un sinfín de mensajes limitantes. En otro momento de mi vida, probablemente les habría dado fuerza y hubiese acabado por abandonar la idea, sintiéndome además,  ridícula e ingenua.

Y no es que esa voz sea mala, de hecho, si nos ponemos las gafas de la compasión con nosotrxs mismxs, ese miedo sólo busca protegernos, mantenernos a salvo de un escenario catastrófico (e improbable) que nuestra mente crea. Por supuesto, eso no quiere decir que tengamos que hacerle caso, todo lo contrario.

Y es que el perfeccionismo no te hace estar en ti, más bien te hace poner la lupa en el afuera, en controlar, en cumplir con las expectativas ajenas, en el cómo deben y tienen que ser las cosas según otrxs, haciéndote pedazos por el camino.

Si además lo analizamos desde la perspectiva de género, todo se amplifica para las mujeres, porque sí, porque esta sociedad patriarcal y capitalista nos prepara desde bien pequeñas a ser niñas buenas, correctas, bonitas, a tener buenos modales, a darle prioridad a las necesidades de los demás, a ser cuidadoras, a ser buenas hijas, hermanas, amigas, alumnas. A no dar una voz más alta que otra, a no sobresalir públicamente, a no enfadarnos, a que todo esté en orden, bonito, PERFECTO. Y cuando creces, sigues sosteniendo esas estructuras pero ahora como adulta, trabajando dentro y fuera de casa, teniendo jornadas diarias de 12 horas o más entre unas cosas y otras, agradeciendo que encima tienes trabajo y vives en un país “desarrollado” (bueno…dejadme que a veces lo dude), cuidando que todxs estén bien y atendidos, alimentándote como es debido, yendo al gimnasio tres veces por semana y absorbida por una sociedad enferma donde si no produces y te muestras vulnerable, no vales y encima sonríe… que te pones fea.

Entiendo que este proceso de reaprendizaje no es fácil, que requiere tiempo, atención, trabajo, ganas y mucho compromiso y amor con unx mismx. Con estas palabras te recuerdo y me recuerdo que no eres perfectx/que no soy perfecta, que está bien ser vulnerable, que no lo sabes todo/ que no lo se todo, que te equivocarás/que me equivocaré y fracasarás/fracasaré, que no les gustarás a todxs/que no les gustaré a todxs, que mereces/merezco experimentar, probar e intentarlo una y otra vez. Es tu responsabilidad atenderte a ti y a tus necesidades/es mi responsabilidad atenderme a mi y a mis necesidades. Que ya eres suficiente, que ya soy suficiente. Siempre. Pase lo que pase, hagas lo que hagas/ haga lo que haga.

Ahora cierra tus ojos y respira, toma una inhalación profunda por la nariz y suelta muy despacio por la boca. Repítelo cuantas veces necesites…TODO ESTÁ BIEN.

Gracias por leerme 🙂

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