«Navegar nuestras aguas»

Era tarde y no podía dormir. Ahí estaba Maia, sentada en su sofá, con la cabeza atiborrada a pensamientos y el corazón agitado, sintiendo un torbellino emocional en su cuerpo del que no era capaz de librarse. Si se centraba en su respiración, podía percibir la rabia, el enfado y la frustración subiendo por su garganta como grandes lenguas de fuego pero nuevamente su mente la llevaba de un lado a otro, arrastrándola de nuevo a la vorágine sin nombre.

Un rato más tarde, desgastada y sin apenas energía, decidió cerrar sus ojos y observar en qué parte de su cuerpo sentía la incomodidad. También les asignó un color y una forma y armándose de valor, se dispuso a adentrarse en ellas. Y fue entonces cuando pudo ver de verdad. Pudo ver qué estaba ocurriendo en su interior, qué trataba de decirle ese océano bravo y enfurecido que rompía olas de cólera en su interior. Se apresuró a zambullirse en sus aguas. Una vez dentro, peleaba por mantenerse a flote entre las olas, sin embargo, la fuerza que estas ejercían contra su cuerpo, la obligaban a sumergirse en sus profundidades nuevamente. Tras pasar un buen rato luchando y maldiciendo a las bizarras aguas que la cubrían y a su propia vulnerabilidad, eligió abandonar su cuerpo en el mar de sus emociones. Justo en ese instante, sintió de verdad. El mar embravecido fue calmándose, al igual que su respiración. Se dejó mecer por el vaivén de las olas, que cada vez fueron haciéndose más pequeñas, al igual que ella. La rabia y la falta de comprensión inicial fueron transformándose en apatía, desgana y tristeza y entonces unas lágrimas contenidas durante días comenzaron a brotar de sus ojos. Al tiempo que sus aguas internas regaban sus pecosas mejillas, su corazón comenzaba a abrirse de nuevo.

Maia permaneció ahí unos minutos más o quizás fueron horas.

El agua apenas ya formaba una ligeras ondulaciones y los primeros rayos de sol comenzaban a intuirse allá por el horizonte.

Cuando abrió sus ojos y volvió al sofá de casa, pudo sentir su cuerpo tranquilo y su pecho expandido y reconfortado. La rabia inicial que resultó ser tristeza, se fue disolviendo como polvo de ceniza al ser validada y atendida.

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