Invocando a mis hermanas

Escribir para acceder a ese espacio sagrado del que sólo las palabras parecen tener la llave. Un espacio hondo y antiguo. De otras vidas. Vidas en las que las faldas se entremezclaban por sus piernas cuando estas huían despavoridas y buscaban la salida bosque a través. Señaladas por brujas, por magas y hechiceras.

Ese lugar oscuro, cargado de culpa y vergüenza, donde estar viva eran las migajas de una existencia ruin y demoledora.

La tristeza que aún porto en mis entrañas a veces busca salir y trepar, desesperada, por las rendijas que encuentra más allá del tiempo y la existencia misma.

El miedo, el dolor, la pena. Todo se aloja ahí. Quizá, plasmarlas en estas líneas sea el antídoto, la medicina, la forma de honrarlas y darles el espacio. Liberar a todas esas mujeres que en algún momento fui. Permitir que salgan y dancen su furia alrededor de la hoguera que se aloja en sus pelvis. Salvajes, ahora sí, lanzan las faldas al fuego. Miradas que arden, gargantas oprimidas por todo el silencio acumulado, son descargadas en un grito sordo. Lloran el destino que las marcó. Una suerte de venganza trepa por sus tripas y maldicen en lenguas muertas. Palabras lanzadas al aire que son recogidas por la energía pura de la tierra. Sus manos entumecidas comienzan a despertar. Pueden sentir el calor y el hormigueo que precede a la energía creadora, potencialidad pura, preparándose para ser canalizada a través de ellas.

Y ahí, en ese lugar que siempre estuvo sombrío, frío y oscuro, las llamas comienzan a caldearlo todo. Esas nuevas mujeres, resurgen de su desdicha, del maltrato sistematizado al que fueron expuestas y al fin se liberan. Se miran entre ellas y se reconocen como hermanas. Lo que en un primer momento fueron movimientos nacidos de la propia rabia, ahora se convierten en suaves ondulaciones de sus caderas. Comienzan a dibujar círculos invisibles en el aire mientras que sus pechos, acompañan ese vaivén que las lleva y las invita a jugar. La tensión de sus rostros comienza a sosegarse y sus dientes se advierten detrás de tímidas sonrisas: puras, libres y auténticas.

Esos tiempos ya pasaron, mujeres. Esos tiempos, ya pasaron. Ya fueron. Ya existieron. Ahora, os regalo tiempo y placer. Os regalo días de sol y baños en el mar. Os regalo largos paseos por el bosque y olor a castañas asadas. Os regalo baile, risas y pasión. Os regalo tiempo con otras mujeres, que al igual que vosotras, están siendo testigos de una nueva era. Mujeres que necesitan sanar con otras mujeres. Os regalo sueños, ilusión e inocencia.

Os regalo estas palabras y la alquimia que destila el corazón que sana.

 

 

Sara Castaño

 

 

 

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