AMARSE COMPLETA

Titilantes llamas prendían sus pupilas. Cuando se dejaban ver, su algo más de metro y medio parecía multiplicarse por dos. El peso de su cuerpo se volatilizaba, y el calor que nacía de las vísceras buscaba la salida a través de sus mejillas arreboladas.

Esa energía súbita y punzante la abrumaba. Demasiado grande, demasiado incómoda, pues tenía el poder de ocultar bajo su sofocante manto a la niña discreta y siempre templada que la hacía sentir a salvo.  Sin rastro de ella ¿qué quedaba entonces?

Sin embargo, la sensación de amenaza que aquellas enormes llamaradas traían consigo, aquel día no lograron amedrentarla.

Cerrando sus ojos, se dejó envolver por ellas. Del centro de su corazón surgió un escudo dorado que le ayudaría a poner sanos límites. Descubrió que el brillo que este desprendía también tenía la cualidad de alumbrar sus deseos más auténticos, armándola de un valor, hasta entonces desconocido, que la empujaba a usar su voz: clara, confiada, comprometida y necesaria.

¿En qué momento le hicieron creer que la vehemencia, la pasión y la verdad que el fuego otorgaba eran motivo de vergüenza o castigo? ¿En qué momento asumió que contenerlo era una opción para no incomodar a otros? ¿En qué momento apagó su brillo?

En ese instante, la niña apareció frente a ella abrazándose fuerte a su cuerpo. Ahora, la miraba orgullosa. Al fin reconocía a la adulta que durante tanto tiempo estuvo esperando.

 

 

A todas las niñas buenas. Que prenda vuestro fuego.  Que vuestra verdad resurja con fuerza.

 

Sara Castaño

 

 

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